Aprender a Pensar

Bitácora de clase

Jaime Fernández de Caleya Rifé

Santa Ana y San Rafael (FEMDL)

1 de diciembre – Unicidad de los logaritmos

Hoy continúo con este blog.  Todavía no tengo muy claro si va a estar dirigido a mis alumnos, a mis compañeros, a mis directores, a las madres y padres de mis alumnos, o a todo el que quiera pasar por aquí. En cualquier caso os invito a pensar juntos y dejar algo para compartir con los demás.

Empecé mi labor de educador hace realmente poco. No es importante si han pasado diez, quince o treinta años. Lo importante es que cada día lo vivo como el primer día que comencé a compartir mis inquietudes con los alumnos. Creo que siempre estoy abierto a dejarme sorprender y por eso disfruto tanto de las sorpresas que me llevo cada día.

Esta mañana, al subir al aula después del recreo, la mitad de los alumnos y yo con ellos nos hemos quedado en el pasillo pues la puerta de la clase estaba cerrada. Las puertas no se cierran solas ( a veces las cierra el viento – que tiene menos cuidado que un alumno empujando una puerta). El jefe de estudios observaba que la puerta que minutos antes había abierto, ya no lo estaba. Raúdo y veloz se aproximó a la misma para interpelar a los alumnos a que le explicasen tan extraño suceso. Allí estaba M. Le habían dado con la puerta en  las narices. En las narices, y en lo más profundo de su orgullo. Lo que casi todos los días hacía él, se lo habían hecho a él. No tardó ni un segundo en contestar al jefe de estudios: han sido A y P. A continuación A y P salieron escoltadas por el jefe de estudios.

Cuando entré en la clase ví que M estaba profundamente satisfecho. Pensé que los polinomios podían esperar unos minutos, y ofrecí la siguiente reflexión: ¿Os parece que M ha hecho lo correcto?

No, eso es lo que dicen los manuales de pedagogía. Pero realmente me dirigí a M y le dije que me parecía fatal lo que había hecho. “A mí me lo hacen todos los días, cada vez que hago cualquier cosa” – respondió M.

El aula debe ser un sitio especial. Un sito mágico donde emulamos a Pitágoras y a sus seguidores clandestinos. Donde nos permitimos un chiste y reímos a carcajadas, hasta que las lágrimas salten por nuestros ojos. Dónde nos equivocamos y nos corregimos mutuamente. Y si hace falta corregimos a los autores de nuestro libro de texto.

Pero en el aula no somos iguales. El profesor es el profesor y los alumnos son los alumnos. Y cada uno tiene su sitio. Y los alumnos va a estar juntos diez, doce o más años y probablemente va a ser el grupo humano más cercano con el que van a compartir una mayor cantidad de años de forma continuada. El profesor se queda y los alumnos se irán. Y deberán irse con muchas lecciones aprendidas pero quizás la más importante es la de la unidad de los que son iguales.

Si log A = log B ; entonces  A = B



escrito el 2 de diciembre de 2009 por en General


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